CRECER, STRANGER THINGS Y EL VERANO

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“Parece un poco cruel que justo en los momentos que más feliz estás siendo es cuando menos conciencia tienes de ello.”


Lo que más me ha costado aceptar en la vida es que las cosas nunca serán lo que eran. Corroborar cómo lo que te hacía feliz se va descomponiendo muy poquito a poco hasta quedar diluido en nada. Mientras tu mente recrea la historia de tu vida en un bucle infinito que simula una imaginaria sensación de continuidad, en cuestión de meses -o segundos- tu vida traspasa un umbral absoluto donde todo es pasado. Un espacio temporal radicalmente distinto en el que las cosas que configuraban tu identidad se esfuman de un plumazo. Y es ahí cuando empiezas a vivir con más intensidad lo que ya no tienes.

Todo va sucediendo a cámara lenta, como si antes de desmantelarse por completo tuvieras unos instantes para ir despidiéndote. Vas haciendo pequeñas tomas de contacto con el fin de ciclo, pero te produce tal rechazo que optas por involucrarte aún más en aquello de lo que sabes que tendrás que desprenderte. Un poco más, te dices; como si prolongar el momento del adiós pudiese detener el tiempo. Pero el clavo al que te aferras arde. Y más temprano que tarde llega el momento de soltar. Soltar para caer en un vacío abrasador.

Siempre que vuelvo al lugar donde viví momentos significativos y extintos puedo sentir ese vacío desgarrándome por dentro. Y es curioso sentir cómo incluso momentos en los que el sufrimiento fue penetrante y denso quedan ensalzados por ese extraño misticismo que les imprime la melancolía. El recuerdo es un paraje azaroso en el que corres el riesgo de quedar atrapado si alojas el alma demasiado tiempo.


“Es curioso sentir cómo incluso momentos en los que el sufrimiento fue penetrante y denso quedan ensalzados por ese extraño misticismo que les imprime la melancolía.“


Quizá por eso me guste tanto Stranger Things, esa serie vintage que parece sacada de los mismísimos ochenta, en la que un grupo de chicas y chicos se enfrenta a monstruos y peligros provenientes del más allá. Una chica del grupo tiene ciertos poderes que compensan la inferioridad de condiciones en las que se encuentran el resto de intrépides componentes. Pero cada une de elles representa un papel clave y complementario en el juego. Y aunque los adultos pululan por ahí aportando su granito de arena en los embrollos que van surgiendo, les verdaderes protagonistes no traspasan los catorce años.

Stranger Things me devuelve el niño de los ochenta que fuí. Y no sé por qué, pero ser niño lo tengo íntimamente ligado al verano. Así que me teletransporto a ese mundo de despreocupación, ingravidez e indolencia. Vuelven las camisetas de “V” (la serie); las tajadas de sandía de mi abuela; el olor a sábanas suaves y limpias; el sofocón jugando al escondite en el paseo de mi pueblo; las noches sin dormir pensando en las historias de Verónica, la chica de la curva y Freddy Krueger; el terror a bañarme en la playa por culpa de Steven Spielberg; las mañanas zanganeando con el equipo A, Steve Urkel y el coche fantástico; el granizado de naranja, los polo flash y el calipo de fresa; las siestas sordas y soporíferas remojado en un barreño con agua…

Revivo todo ese pack de recuerdos en lo que duran los 50 minutos de cada capítulo y me como un helado sandwich. Esa sensación que tengo justo cuando le quedan cinco minutos al capítulo, o tres o cuatro bocados al helado, es la misma que sentía en los últimos coletazos del verano. Cuando El Corte Inglés colgaba los carteles gigantes de “La vuelta al cole” y “les forasteres” (hijes de inmigrantes andaluces, mayormente madrileñes y catalanes) dejaban el pueblo para volver a sus casas y a sus vidas.


“Sufro porque sé que cada segundo vivido son como esos últimos cinco minutos de Stranger Things, como esos tres o cuatro últimos bocados de mi “helado sándwich”, como el olor a cuadernos nuevos cuando despedíamos cada verano.”


Parece un poco cruel que justo en los momentos que más feliz estás siendo es cuando menos conciencia tienes de ello (esto lo escuché en el podcast “Hotel Jorge Juan”, de Javier Aznar). Luego ya sólo te quedan un puñado de fotos y vídeos para regodearte en el abismo de lo que se ha ido. Ahora por lo menos podemos hacerlo en HD, ultra HD o 4K, para dotar de un realismo mágico a la nostalgia remanente. Lo que ha contribuido a intensificar la secuela de intentar inmortalizarlo todo con mi móvil. Una secuela que tengo por haber crecido -casi- 37 años -ya-.

Pero la vida me ha dado una segunda oportunidad reviviendo todo lo que ya he sido a través de los ojos de mi hija. Ella es la mayor referencia que tengo para constatar lo que he crecido hasta ahora y el margen de mejora que todavía me queda: mucho, enorme, inmenso díria… Ahora ella revolotea por aquí intentando capturar moscas, haciendo sus primeros garabatos y llenándonos de amor a los seres que nos hemos congregado a su alrededor para venerar sus dos años. La miro y envidio lo que le queda por vivir. Y al mismo tiempo sufro porque sé que cada segundo vivido son como esos últimos cinco minutos de Stranger Things, como esos tres o cuatro últimos bocados de mi “helado sándwich”, como el olor a cuadernos nuevos cuando despedíamos cada verano.

Quizá crecer trate de eso. De no oponer resistencia a esa despedida ineludible, pero aprendiendo a depositar algo más de conciencia en cada instante. Para que en el momento final de soltar del todo haya más dicha que pena, más verano que invierno, más presente que pasado...


Nota: este post ha sido escrito -o lo ha pretendido- con lenguaje inclusivo. Si quieres saber por qué lo hago puedes informarte pinchando aquí.

Mientras escribía el post todo el rato sonaba en mi cabeza la canción “1984” de Delafé y Las Flores Azules, te invito a teletransportarte a los 80:

Francisco JódarComentario