NARCISISTAS “PARA BIEN” vs. NARCISISTAS “PARA MAL”

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Hace algunos días se me ocurrió, en medio de una sesión terapéutica, distinguir dos modos de sufrir un tanto inusuales -o quizá controvertidos-. En mis sesiones terapéuticas trato de ser “humano antes que profesional” (como reza el lema que me sigue en todas las redes sociales). Así que no se podría decir de mí que utilizo un rigor profesional escrupuloso a la hora de hacer valoraciones. Quien me conoce sabe que utilizo el humor hasta límites osados. Siempre me ha pasado. Y eso me ha valido el adjetivo cariñoso -lo quiero entender así- de provocador.

El caso es que leyendo a Mark Manson y su último libro “Everything is fucked. A book about hope” (“Todo está jodido. Un libro sobre la esperanza”), se me ocurrió en mitad de la sesión definir el sufrimiento como una forma de sentir que nos convierte en personas narcisistas. Me explico, porque esto ha podido sonar un poco mal. En psicología, sobre todo en la terapia de aceptación y compromiso, la cual bebe directamente del pensamiento budista, se distingue entre dolor y sufrimiento. El dolor sería ese malestar natural que acompaña a cualquier acontecimiento adverso: la muerte de un ser querido, un accidente de tráfico o una ruptura sentimental.

Ocurre una contrariedad y ésta nos provoca dolor. Es inevitable y hay un consenso amplio en psicología en considerarlo incluso algo sano y necesario. El dolor nos hace reflexionar acerca de un suceso funesto para extraer un aprendizaje que nos permita adaptarnos mejor en un futuro. ¿Murió alguien a quien amábamos profundamente? Entonces podemos aprender a valorar el tiempo con la gente que amamos en lugar de pasar nuestro tiempo libre divagando por Netflix. ¿Tuvimos un accidente de tráfico? Quizá sea momento de apreciar que habíamos depositado nuestro concepto de felicidad en el consumo de placeres mundanos. ¿Nuestra pareja nos abandona? ¿Qué tal si nos damos cuenta de que en los últimos meses -o años- la tratamos como si fuera a perdonárnoslo todo?

“El dolor es un mensajero. Te dice que algo en tus expectativas no andaba del todo bien y te sugiere ideas de cambio para que la próxima vez que se repita una fatalidad en tu vida te adaptes con mayor sabiduría.”

El dolor es un mensajero. Te dice que algo en tus expectativas no andaba del todo bien y te sugiere ideas de cambio para que la próxima vez que se repita una fatalidad en tu vida te adaptes con mayor sabiduría. Ahora bien, el sufrimiento no es exactamente dolor. Es un dolor exagerado. Un malestar al que se le han amplificado decibelios y resulta insoportable (hasta la sonata más bella de Chopin sonaría como música diabólica si la pasas de vueltas). Y el hecho de no querer darte cuenta de ello, de seguir empecinade en no aceptar lo sucedido y buscarle explicaciones melodramáticas no sólo hace de tu dolor un sufrimiento innecesario, sino que te convierte en alguien narcisista.

—“¿Sabes lo que significa ser narcisista?”— le pregunté a la persona que tenía delante en medio de esa osada vuelta de tuerca a la sesión.

— “¿Alguien que se da demasiada importancia?”—

—“Equilicual”— contesté con pretensión de resultar cool e ingenioso.

Cuando consideras que lo que tú estás viviendo es lo peor del mundo, que no hay nadie más desgraciade en la vida que tú, que tú no te mereces estar viviendo eso y que no importa lo que hagas para superarlo porque lo que te pasa es tan especial que no tiene solución… te estás comportando como alguien narcisista. Narcisista “para mal”. El hecho de considerar tan especial tu malestar, tan extremo o tan relevante hace que te otorgues una importancia desmesurada, aunque el ánimo que emplees tenga un fin tremendista. Te imprimes un valor que muy seguramente no tienes. Y eso, en cierto modo, te aliva porque te reafirma en un aspecto oscuro de tu autoestima. Es posible que seas un infeliz, pero al menos eres el más infeliz de los infelices. Ojo, al matiz porque no es cualquier cosa.

Les narcisistes para mal son esas personas a las que si les tratas de explicar alguna mala experiencia inmediatamente te interrumpirán para hacerte ver lo poco relevante que tu dolor es en comparación al suyo. “Pues anda que yo… Si supieras lo que me ha pasado… Calla que si te cuento lo que me duele a mí…” Nadie es más desgraciades que elles.

También hay gente que sufre porque sólo tienen 352.498 seguidores en YouTube y no consiguen alcanzar el millón de suscripciones. Personas que se martirizan porque una nueva arruga marchita el lienzo perfecto de su rostro joven e inmaculado. Almas en pena que se derrumban si no son el foco de atención en la fiesta indie del sábado. Hay quien también se deprime cuando alguien define más músculo en el gimnasio. Estas personas son narcisistas “para bien”. Para bien porque no toleran ser conscientes de que tan sólo son un ser humano del montón, como otro cualquiera y se afanan por superarse a sí mismas para conseguir un estatus de “celebrity” a base de un ingenioso post en instagram, un nuevo modelito de Zara, haciendo más horas que nadie en el gym o difamando en twitter a sus adversaries para erradicar la competencia.

El narcisista para bien ni siquiera se conforma con ser alguien especial. Quiere ser “el mejor” –a diferencia del narcisista para mal, que ansía ser “el peor”–. Y cuanto más se obsesiona en mejorarse a sí misme para destacar por encima del resto, más consciente es de sus puntos débiles. Así que entra en una rueda infernal cuya salida pasa por asumir una verdad aplastante: no hay nadie especial; y si lo hay, siempre habrá alguien más, o mucho más. Todos somos mortales y nuestro esculpido y agraciado cuerpo acabará siendo pasto de los gusanos en algún momento. Incluso nuestra huella digital acabará siendo engullida por toneladas de información con el paso del tiempo, por más influencer que hayamos sido.

¿Cómo puede trascenderse el sufrimiento narcisista? Fácil: asumiendo una actitud de humildad incondicional ante la vida. No considerar tu existencia como la peor o la mejor de todas. Aceptando, radicalmente, que lo que vives es lo que te toca vivir en ese momento. Y que por más que intentes escapar del dolor autoompadeciéndote hasta la extenuación o convenciéndote de que eres la ostia en vinagre, no vas a conseguir que duela menos. Encarar el dolor. Escucharlo. Aprender de él. Ser humilde. Asumir tu responsabilidad. Poner tu energía al servicio de trascenderlo. No tratar de escapar, es imposible. Cuanto más postergas la aceptación, mayor pupita hace lo sufrido.

Renunciar a ser especial en alguna de las dos direcciones te devuelve un poder inaudito: la debilidad como fortaleza. Y es ahí donde recuperamos naturalidad, espontaneidad y autenticidad. Disponer de nuestra energía para ponerla al servicio de lo que verdaderamente nos toca vivir. Y seguir adelante con ello.

Francisco JódarComentario